Los campos de cereal huelen a esa tierra mojada que deja la lluvia de otoño después de segar…

Es un disfrute pasear entre los rastrojos al atardecer, saboreando el dulzor intenso de las ciruelas y el ligero amargor de las almendras. Todavía habrá que esperar a la cosecha de aceite, pero es bonito ver los olivares repletos de aceitunas, aunque no estén maduras.

El otoño sabe a pan recién hecho, de trigo y centeno. A pipas de girasol ligeramente saladas y tostadas. A mazorca de maíz comida con las manos.

A naranja, a ciruela, a melocotón y a uva. Al vino que se acaba de vendimiar y encierra todos esos aromas, dispuestos a explotar en el paladar…

A especias… a clavo, canela, nuez moscada, cardamomo y anís estrellado.

A setas recién cogidas… enormes boletus que se deshacen en la boca, revueltos con huevo y jamón o níscalos guisados con patatas y conejo al ajillo con tomillo.

Y a calabazas! En sopa, en crema o en puré. Dulce o salada, fresca o en tarro de cristal, pero hecha con amor.

Es tiempo de cosecha, de vendimia, de recoger los frutos, de dar gracias y pararse a reflexionar.

















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