Vivimos tiempos convulsos donde cualquier escenario con audiencia debe ser una oportunidad y un espacio para denunciar la barbarie. Más los artistas que tienen el poder de llegar con su voz donde otros no alcanzan y la responsabilidad de empatizar con el dolor humano.
Resulta paradójico que las triunfadoras de los Oscar de este año hayan sido dos películas reivindicativas y la ceremonia tan descafeinada, sin alusiones directas a los sucesivos conflictos ni a las guerras internacionales que, lejos de ser ficción, son una realidad.

“Una batalla tras otra” de Paul Thomas Anderson, liderada por una pandilla de revolucionarios, se alzó con seis premios, entre ellos el de mejor película y dirección, guion adaptado, actor de reparto para Sean Penn, montaje y dirección de reparto.
“Los Pecadores” de Ryan Coogler, una valiente película de blues y terror ambientada en la América racial, ganó cuatro Oscar a mejor guion original, actor protagonista para Michael B. Jordan, fotografía y banda sonora original. La californiana Autumn Durald Arkapaw hizo historia al convertirse en la primera mujer en ganar un Oscar por su trabajo como Mejor Directora de Fotografía.

“Frankenstein”, la adaptación de Guillermo del Toro de la novela de Mary Shelley, se llevó tres premios a mejor diseño de producción, vestuario, maquillaje y peluquería. La noruega “Valor sentimental” le arrebató el Oscar a “Sirat”, en la categoría de mejor película internacional.
Y el Oscar a mejor actriz protagonista fue para Jessie Buckley, que interpreta de forma magistral a Agnes, la mujer de Shakespeare en la película de “Hamnet”. Una bella adaptación de la directora Chloé Zhao, basada en la novela homónima de Maggie O’Farrell. Buckley, que tiene una niña de ocho meses, dijo en su discurso: “Me gustaría dedicar esto al hermoso caos del corazón de una madre. Todas procedemos de un linaje de mujeres que siguieron creando contra viento y marea. Gracias por reconocerme en este papel. Es un gran honor”.

Sigamos creando contra viento y marea, reivindicando las injusticias sociales y bailando con el diablo. Os dejo con una de las mejores escenas de “Los Pecadores” que resume el poder de la música para unir pueblos, defender la identidad, los sueños y las raíces.

















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