Hace unos días, en una reunión de amigos, empezamos debatiendo sobre el equilibrio masculino-femenino y acabamos discutiendo sobre machismo-feminismo. Los hombres no entienden por qué las mujeres nos enfadamos tanto por cuestiones “de género” y se siguen confundiendo términos. Somos diferentes, pero las mujeres luchamos por la igualdad de derechos y porque se valore nuestra imprescindible aportación al mundo, muchas veces invisibilizada y no remunerada.
Uno de los problemas principales de nuestra sociedad es que el mundo ha sido diseñado por y para los hombres. Todas las parcelas de nuestra vida están basadas en la perspectiva de género masculino, sin tener en cuenta las necesidades del 50% de la población, que la forman mujeres. Podéis leerlo en este artículo: “Patrón macho: así se ha diseñado el mundo sin tener en cuenta a las mujeres”.
Las ciudades también tienen género masculino y han sido diseñadas sin pensar en el bienestar de la infancia ni de las personas dependientes, cuidadas mayoritariamente por mujeres. Esto es básicamente porque los proyectos urbanísticos suelen cubrir necesidades productivas y económicas, no sociales.
Una amiga compartió este link: “En el capitalismo, el trabajo de las mujeres está infravalorado”. El artículo habla de que el capitalismo depende de procesos sociales invisibles. Antes de que se pueda producir una mercancía, hay que dar a luz a los niños que se convertirán en trabajadores y eso lo hacen las mujeres. Parir, criar, alimentar, educar, cuidar y mantenerlos sanos, mental y físicamente, para que puedan trabajar. Para ello, familias, escuelas y hospitales deben cooperar. Deben existir sistemas completos que sostengan y mantengan, pero ya no se busca solo que sostengan, sino que generen ganancias.
A veces los cuidados “se encargan” para poder trabajar más y mejor. Pero el tiempo, el cuerpo y la energía emocional de las mujeres siguen siendo “recursos no remunerados” para el sistema capitalista, también en las tareas domésticas y el sostén emocional de la familia.
“La teoría de la reproducción social suele distinguir entre explotación y expropiación. La explotación se refiere al trabajo asalariado, en el que a los trabajadores se les paga menos que el valor que producen. La expropiación se refiere al trabajo que es necesario pero no remunerado, como el trabajo doméstico y el de cuidados. El capitalismo depende de ambos. Sin el trabajo no remunerado, el trabajo remunerado sería imposible”… continúa el artículo.

La Maternidad es uno de esos trabajos no remunerados, ni valorados. Lo ponen de manifiesto la falta de medidas de conciliación laboral y de corresponsabilidad en la crianza y el hogar. Hacen falta políticas transversales en todos los ámbitos: familiar, laboral y social para que las madres no sigan renunciando o empeorando sus condiciones emocionales ni laborales.
El Club de Malasmadres asistió la semana pasada al Congreso para pedir un Pacto de Estado por la Conciliación. Reivindican una corresponsabilidad real que evite que la maternidad sea un lastre para la carrera profesional, los sueldos y la salud mental de las mujeres.
Según el INE, la estadística es aplastante. Los datos muestran la cruda realidad de los cuidados donde la igualdad aún está muy lejos de ser real. 8 de cada 10 excedencias para cuidar de hijos o padres, las cogen las mujeres. 9 de cada 10 reducciones de jornada por cuidados, también. 7 de cada 10 contratos a tiempo parcial los firman las madres, porque son ellas las que dedican el doble que ellos a atender a pequeños y mayores.
Como consecuencia, el 81% de las mujeres que cuidan, tiene sobrecarga mental y más barreras profesionales. La brecha salarial de género sigue siendo del 15%.
La maternidad es un verdadero techo de cristal para las mujeres, debido a la falta de medidas en conciliación laboral y corresponsabilidad y a un exceso de carga en los cuidados. Cambiar el sistema y equilibrar el masculino-femenino es responsabilidad de todos.
















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